El mayor enemigo de un diario es la propia fugacidad de los días. Los días que pasan raudos, como espíritus inasibles, siempre iguales y siempre otros. Viajamos a bordo de cada día indiferentes, ignorantes de cuál será el destino final de nuestro viaje, compartiendo vivencias con otros viajeros que transitan sin saberlo, como nosotros, hacia el fin de la noche. Esa noche donde hacemos la parada obligada a cuyo fin volvemos a subir a bordo de un nuevo día, que a su vez nos conduce a otra noche, y así sucesivamente, trepidantemente, hasta el fin de los días, cuando llegamos a la estación de la noche infinita. De ahí la dificultad de recuperar para un diario toda vivencia de la que no se haya dejado una pequeña señal, un mínimo hito de que la memoria pueda valerse para recordar. Rebuscar en el libro de la vida cuando no se ha doblado la hoja de la memoria ni subrayado en rojo el párrafo del recuerdo, es cuestión complicada. Son, estos, días trepidantes de acción, rabiosos de vida, frenéticos de actividad. Como las musas no piden permiso para entrar, como no avisan de su llegada, como no hay en nuestra intuición lacayo alguno que anuncie su visita golpeando el suelo con el cayado del presentimiento, cuando de pronto aparecen toda diligencia es poca para que se queden con uno el mayor tiempo posible. Hoy, lunes, entraba mi libro en imprenta. El proceso de materialización de los sentimientos sigue, pues, su curso: en el principio fue solo eso, un sentimiento, que se transformó luego en idea; más tarde evolucionó hasta convertirse en proyecto, y después en espíritu danzante a través de los digitales universos de la informática, y ahora, en estos instantes, se encuentra en pleno proceso de encarnación. Y el verbo se hizo carne. Ya lo dice la Biblia. Carne de papel. Y en breve, hacia mediados de febrero, concretamente, habitará entre nosotros. Y cuando llegan las musas, decía, no puede uno sino dejarse amar incondicionalmente por ellas; pues eso es lo que sucedió el sábado y el domingo: que las musas me dictaron al oído dos nuevos capítulos del libro, que como vengo contando entraba en imprenta unas pocas horas después. Eso es lo que se dice aprovechar el tiempo. A las 8 de la tarde del domingo, entregué el último de los dos capítulos nuevos. Por si esto fuera poco entretenimiento, tenía comprometido, además, un artículo para la web que ha sido como mi casa deportiva durante los últimos años, “Corredor de Montaña”, y una entrevista, a la espera de mis respuestas, para otra estupenda web, Trailrunnersbikesports, de mi también amigo Santi Nistal, que desempeña en ella los papeles de director, redactor, reportero y seguro que alguna otra figura que me dejo en el magín.

Vamos, que en lo que respecta a entretenimientos de índole espiritual, iba uno más que bien servido, pero, ¿qué es una “mens sana” si no va acoplada en un “corpore (mas o menos) sano”? Nada de nada. Así que por aquello de no anquilosar el cuerpo en exceso con tanto exceso -de índole intelectual-, me ocupé también –con sumo gusto, todo hay que decirlo- de oficiar como anfitrión en la convención anual de los árbitros de la FEDME, que se celebraba aquí, en La Granja, y que reunía también, en esta ocasión, a los organizadores de las distintas pruebas de las copas  y campeonatos de España. Había tantos nombres y amigos conocidos, que no nombraré a ninguno. El sábado al completo se dedicó a la celebración de dos apasionantes reuniones: la de la mañana para los organizadores de pruebas FEDME y la de la tarde para los árbitros. Lamentablemente uno no pudo asistir (¡no pasa nada; otra vez será!) a ninguna de las dos por cumplir con la ingrata obligación de diseñar,  y marcar luego, intuyendo caminos bajo la nevada de los días anteriores, un recorrido montañoso con que torturar al día siguiente, domingo, a los árbitros, que debían superar esta prueba para probar el óptimo estado de su forma física. Cosa que efectivamente lograron todos y cada uno de ellos y ellas (que diría un amigo de lo políticamente correcto) subiendo a la afamada cascada natural que vierte su caudal de aguas cristalinas desde una altura de 100 metros sobre las erosionadas placas graníticas del lecho del rio, y que aquí los indígenas, en un alarde de ingenio y originalidad llamamos “El Chorro”.

Hoy, lunes, ha salido, por fin, el sol. El mundo ha dejado de ser una copia de mala calidad de sí mismo y, a la caricia del astro rey (ya ven, me apetecía escribir esta aborrecible cursilada de “astro rey “para referirme al sol) ha desplegado toda su gama de colores.

Circunstancia más evidente aún en Los Jardines, que es la confianzuda manera que tenemos aquí los aborígenes de referirnos al recinto que Felipe V, rey de España en su día y nieto del Rey Sol, que era un señor no llamado así porque fuera un tío “salao” y campechano, precisamente, se construyó a sí mismo para mitigar sus nostalgias versallescas.

De rebote, y sin saberlo ni pretenderlo, el bueno de Felipe, que tenía en común con el famoso perfume de Chanel, que ambos eran el número 5, construyó un paraíso  para el corredor futuro a base de calles de tierra prensada trazadas a cordel, ideales para la práctica de nuestro irreprimible vicio. Allí, entre copas barrocas de voluptuosas y exóticas frutas de plomo, y estatuas disfrazadas de fantasma (las están restaurando y las tienen tapadas con un ropón blanco que las hace aún más fantasmagóricas y poéticas, si cabe) he realizado mi entrenamiento hacia el mediodía, dando el coñazo a un buen hombre que leía el periódico pacíficamente hasta que yo me he puesto a hacer rectas de cien metros a su lado.

Amo este sitio. No sé si es simplemente amor frívolo de esteta enamorado de la belleza pura, que es la más pura de las bellezas, o simplemente amor genético de hijo del terruño, pero el caso es que cuando corro allí en días como el de hoy tengo la impresión de que en cualquier momento, de cualquier rincón, puede salir de detrás de cualquier estatua el fantasma de Farinelli, que vivió aquí por temporadas, durante veinte años, a cantarme un aria de Handel. Y eso no sucede en todas partes.